Capítulo 2: El viaje (y III)

Posted on November 21, 2011

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La primera fase de la operación mudanza había concluido con éxito. Volví a Málaga con un buen sabor de boca, la verdad. Ahora tocaba planear la segunda fase, ya más relajado al saber que tenía un sitio donde cobijarme en tierras británicas. El proceso que seguí fue el mismo, afortunadamente encontré billete por un precio similar (algo más caro, eso sí) aunque ésta vez sólo sería el billete de ida. Como anochece pronto en el Reino Unido, decidí volver a volar por la noche y pasar otra noche en el aeropuerto de Londres (Gatwick) con idea de trasladarme a Exeter durante la mañana.

Aprendida la lección, lo primero que descarté fue llevar otra vez una camiseta que me identificase como español. Lo último que quería era volver a quedar como el culo frente a otro español y, sobretodo, ante otra chica (no ando como para ir desperdiciando ocasiones). Dado que no tenía pensamiento de regalar dinero a la compañía aérea con el tema del exceso de equipaje, decidí pesar cada cosa que metí en la maleta, lo que metí en una mochila y, no contento con eso, decidí aprovechar todos y cada uno de los orificios de los que disponía (bueno, seré sincero, uno lo ignoré). Los libros, cuando se juntan, pesan más de lo que podría pensarse. Llegué a reunir 15kg sólo de libros y, dado que quería llevármelos todos (o la mayoría) decidí utilizar los 1001 bolsillos del pantalón campestre que me llevaría puesto, más los 101 bolsillos de la chaqueta de cuero. Entré al aeropuerto como si fuera un armario empotrado. Lo cierto es que la jugada funcionó, porque facturé la maleta (19.5kg y el límite en 20kg), la mochila (9.5kg) la pasé como equipaje de mano… y la chaqueta no me la pesaron jajaja. Debía pesar sus buenos 3-4kg… de los que "nadie" se percató. Al menos no estaba escrito que la tuvieran que pesar. Llevaba ropa, mis apuntes (al menos algunos que entonces creí necesarios -en navidad tendrán que venir más-) y, por supuesto, parte de los libros.

La verdad es que conocer el sitio al que vas a ir tranquiliza más de lo que me podía esperar, porque aparecí en Gatwick como el que va y viene desde hace años. Dado que en el anterior viaje tuve que utilizar el tren porque la ventanilla de NationalExpress estaba cerrada, como no tenía citas pendientes ni nada extraño, sin intención de gastarme los cerca de £70 en el combo del tren, decidí hacer tiempo hasta que la abrieran (a eso de las 6.00). Ésta vez fui preparado para el frío y llevé una segunda camiseta. Siendo totalmente sincero, lo que más me aisló del frío fueron los libros que llevaba en la chaqueta. Sentía que podía parar un coche con el pecho. Nunca pensé que la lectura daría esa sensación. A eso de las 5.50 decido darme un paseo por la zona de ventanillas… y allí no había nadie. Tras hablar con unos taxistas, finalmente descubro que la ventanilla no estaba operativa y había que coger el autocar in situ, en la zona de aparcamientos. Ésta vez mi inglés no fue tan chapucero como el que hablé con la chica del tren… pero se acercó. Estaba demasiado pendiente del autocar como para darle importancia.

Pretendía llegar a Exeter por £30… pero sólo el billete hasta la estación central (cerca de Heathrow) salía por casi £20. Abandoné Gatwick a las 6.20 aproximadamente. En la estación central saqué el billete a Exeter por unas £24… pero tocaba esperar cerca de 1h. Dado que la estación es pequeña y las puertas están cerca de los asientos, ahí sí que pasé frío. Finalmente llegué a Exeter a eso de las 12.00, si no recuerdo mal, y tocó llevar la maleta hasta la casa. Unas 3 millas. Creo que fue la primera vez que me alegré de haber pasado demasiadas veces por una situación que todo hombre se ve obligado a pasar.

Durante el viaje a Exeter, y posterior caminata hasta el que sería mi hogar, me di cuenta que no estaba tan contento como pensé que estaría. Al menos no en la forma que pensé. Empecé a notar una sensación extraña, no sé de qué tipo, pero durante mi segundo viaje me di cuenta de que aquello que me estaba pasando era de verdad. No iba a estar unos días fuera, iba a vivir allí durante cuatro años si todo marchaba bien. Todo aquello que estaba acostumbrado a ver cada día ya no estaría, como tampoco estarían aquellas personas a las que veía cada día. Aunque… es posible que estuviera hasta la bolsa escrotal de llevar la maleta, llegué a un punto en el que ya no me preocupaba disimular: iba literalmente arrastrándome.

El día de mi llegada tampoco pude almozar, pero cené.

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